La dureza es una de las características más conocidas del agua , aunque también una de las más malinterpretadas. Muchas personas asocian el agua dura con una peor calidad, cuando en realidad la dureza no es un contaminante ni supone un riesgo para la salud. Se trata simplemente de la presencia natural de sales minerales, principalmente calcio y magnesio, disueltas en el agua.
La dureza depende de la geología por la que circula el agua antes de llegar a los embalses o acuíferos. Cuando atraviesa rocas calizas y dolomías, disuelve pequeñas cantidades de calcio y magnesio en forma de sales solubles. Cuanto más prolongado es ese contacto, mayor suele ser la mineralización y, por tanto, la dureza.
Por esta razón las aguas subterráneas suelen ser más duras que muchas aguas superficiales, y en general más salinas. No se trata de una contaminación, sino de un fenómeno completamente natural que acompaña al agua desde su origen.
LA DUREZA DEL AGUA EN ESPAÑA
España presenta una gran variedad de aguas. Las zonas del noroeste suelen disponer de aguas relativamente blandas debido al predominio de terrenos graníticos y silíceos. Por el contrario, gran parte del litoral mediterráneo y del valle del Ebro presenta aguas bastante duras o muy duras.
En Zaragoza, por ejemplo, la dureza del agua es claramente superior a la de ciudades como Madrid o Vigo, aunque sigue siendo perfectamente apta para el consumo humano. De hecho, millones de españoles beben aguas duras a diario sin ningún problema sanitario.
Donde más se nota la dureza no es en la salud, sino en las instalaciones domésticas. El calentamiento del agua favorece la precipitación de carbonato cálcico, formando las conocidas incrustaciones de cal en grifos, calentadores, lavadoras o cafeteras.
También ocurre que con aguas duras los jabones producen menos espuma y que aparezcan manchas blanquecinas en tuberías, mamparas o vajilla, ya que el calcio reacciona con los jabones.
¿ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD?
La respuesta general es no. Las autoridades sanitarias consideran seguras tanto las aguas blandas como las aguas duras siempre que cumplan los criterios microbiológicos y químicos de potabilidad.
De hecho, diversos estudios epidemiológicos llevados a cabo durante las últimas décadas han encontrado una asociación entre el consumo de aguas más ricas en calcio y magnesio y una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares. Aunque todavía no puede afirmarse que exista una relación causal definitiva, la hipótesis es científicamente plausible porque ambos minerales participan en numerosos procesos fisiológicos.
Existe la creencia popular de que las aguas duras producen piedras en el riñón. Sin embargo, las pruebas científicas disponibles no respaldan esto de forma clara para la población general.
La formación de cálculos renales depende de muchos factores relacionados con la dieta, la hidratación, la genética y determinadas enfermedades. En personas sanas no puede afirmarse que el consumo habitual de agua dura constituya un factor de riesgo importante. Lo único que se puede decir respecto a las aguas duras es que su sabor ligeramente metálico es menos aceptado que el sabor más “dulce” de las aguas poco mineralizadas.
EL POSIBLE PAPEL BENEFICIOSO DEL MAGNESIO
Muchos investigadores consideran que el magnesio podría ser el principal responsable de los efectos beneficiosos observados en algunos estudios poblacionales. Este elemento interviene en la función muscular, la regulación del ritmo cardíaco y numerosos procesos metabólicos. Pero con una alimentación normal no es normal tener dñeficit de magnesio.
En realidad,las cantidades aportadas por el agua son modestas en comparación con la alimentación, pero pueden contribuir de forma constante a la ingesta diaria durante toda la vida. Esto ocurre con cualquier otro compuesto: el agua siempre tiene menos cantidad que cualquier alimento.
En resumen, más que un problema de salud, la dureza debe considerarse principalmente una cuestión de confort doméstico y mantenimiento de instalaciones.