Cada verano vuelve la misma explicación: los incendios se deben a que el monte está lleno de biomasa porque nadie lo limpia. Hay una parte de verdad en esa frase, pero es una explicación incompleta. Los grandes incendios actuales son el resultado de varios factores que se suman: combustible acumulado, fuentes de ignición, cambios en el territorio y unas condiciones climáticas cada vez más favorables para que el fuego se propague.
EL PROBLEMA DE LIMPIAR EL MONTE
La biomasa acumulada importa. Un monte con vegetación muy densa, matorral continuo y abundante material seco ofrece más combustible y facilita que el fuego avance. Pero la biomasa no provoca por sí sola un incendio. Para que éste se desate tiene que existir una fuente de ignición, y para que alcance grandes dimensiones intervienen además el viento, la sequedad de la vegetación, la temperatura, la humedad y la propia configuración del terreno. Por eso no todos los montes con mucha biomasa arden y no todos los incendios graves se explican simplemente por falta de limpieza.

Tampoco es exacto decir que los restos forestales permanezcan en el monte porque esté prohibido retirarlos. La legislación española permite los aprovechamientos forestales, aunque éstos están sujetos a la propiedad, a la normativa autonómica y, según los casos, a planificación, declaración o autorización.. El problema es más bien económico y logístico: sacar biomasa dispersa, en terrenos difíciles y a distancia de los centros de consumo puede costar más de lo que se obtiene por ella. España tiene, además, una gran superficie forestal privada y una parte importante recibe poca gestión activa. Si se quisiera retirar sistemáticamente toda esa biomasa, alguien tendría que pagar el coste o habría que obligar a los propietarios a hacerlo. El problema, por tanto, no es simplemente que esté prohibido aprovechar la biomasa, sino que muchas veces no sale a cuenta recogerla.
LA ESPAÑA VACIADA
Aquí aparece otro debate habitual: el del abandono rural y la «España vaciada». Es cierto que la desaparición de actividades tradicionales como el pastoreo y la recogida de leña, ha cambiado profundamente el paisaje y puede favorecer la continuidad de la vegetación. Pero sería ingenuo pensar que la solución consiste simplemente en recuperar la sociedad rural de hace un siglo. La población, la estructura económica y la forma de trabajar han cambiado. La gestión preventiva del monte tiene que poder realizarse hoy de otra manera y con modelos económicamente viables, sin depender de que vuelva a existir una población rural dedicada a las mismas tareas de otra época, porque eso no va a volver. No hace falta vivir al lado de un campo para labrarlo, como en la Edad Media. Nota , por cierto, que hasta agosto de 2026, la mayor superficie quemada en un año en España fue en 1985.
Además, la prevención no es sólo retirar combustible. Hay que reducir las posibilidades de que aparezca la chispa inicial. Los incendios pueden comenzar por negligencias, quemas, trabajos forestales, líneas eléctricas, vehículos o motores y maquinaria. Una obra, un vehículo o una máquina no tienen por qué causar un incendio, pero hoy la presencia humana en el monte no se mide sólo por la gente que vive allí. Aunque haya menos población rural, hay más carreteras, desplazamientos, maquinaria, obras y actividades capaces de producir una chispa o una fuente de ignición. El campo de hoy no tiene la población de hace décadas, pero tampoco es un territorio aislado.
También ha aumentado la importancia de las zonas donde viviendas y otras construcciones se encuentran junto al monte. Urbanizaciones, edificaciones aisladas e infraestructuras introducen más actividad humana y más posibles fuentes de ignición, al tiempo que complican enormemente la protección de las personas y la extinción. En general, las coníferas, y especialmente muchas masas de pino, contienen combustibles más fácilmente inflamables que las frondosas del género Quercus, como encinas o robles. Sus acículas, resinas y compuestos volátiles, junto con la estructura de algunos pinares densos, pueden favorecer una propagación rápida. Eso no significa que todos los pinares ardan igual ni que un encinar no pueda sufrir un gran incendio, pero sí que sustituir un bosque diverso por una masa extensa y uniforme de coníferas puede aumentar el problema del fuego.
EL CALENTAMIENTO CAUSADO EPOR EL SER HUMANO
Finalmente, hay un factor que está influyendo de forma creciente: el clima. El calentamiento global no es la causa inmediata de cada incendio concreto. Su influencia es otra: temperaturas más elevadas, olas de calor más frecuentes, períodos secos y menor humedad hacen que la vegetación pierda agua y que aumenten los períodos en los que cualquier ignición tiene mayores posibilidades de causar incendio difícil de controlar. AEMET utiliza precisamente variables como temperatura, humedad, viento y precipitaciones para evaluar el peligro meteorológico de incendio.
Por eso la discusión sobre los incendios forestales se empobrece cuando se busca una única explicación. La realidad es una combinación: hace falta gestionar mejor el combustible allí donde sea necesario, reducir las fuentes de ignición, y adaptarse a unas condiciones climáticas que aumentan la probabilidad de incendios rápidos y difíciles de controlar.
Fuentes a consultar:
Directriz Básica de Planificación de Protección Civil ante el riesgo de incendios forestales
Real Decreto 716/2025 sobre prevención, vigilancia y extinción
MITECO: acciones de prevención y extinción de incendios forestales
AEMET: interpretación del peligro meteorológico de incendios